El Blog de Emilio Matei

jueves, 12 de julio de 2012

Tortura y medios

Torturar hace mal a la salud

Recorrer las series policiales norteamericanas incluye ver cómo el malo es, casi en todas, torturado. Si usted cree que es una exageración, repase una noche de estas, las series más conocidas, no hace falta que busque un programa especial. Y si no torturan directamente verá como comentan un caso o lo justifican en ciertas condiciones. Siempre hay buenas razones para hacerlo: Hay que averiguar dónde está enterrado el niño y queda poco tiempo, la mujer desaparecida está obligada mediante correas a ver cómo pasan los latidos en el led rojo de la bomba de tiempo o la bomba atómica camuflada en un osito de peluche es llevada por una niña inocente a las Naciones Unidas.
 
Se puede romper la cara del malo a trompadas, patadas o palazos. Se puede electrocutarlo, meterlo debajo del agua y no dejarlo respirar o quemarle las plantas de los pies. Y el que lo hace es un profesional, pero que fue sacado de las casillas, o de su profesionalismo, por la increíble maldad del malo y no duda en someterlo a las más variadas torturas bajo la disimulada aquiescencia de los colegas que sufren ante un comportamiento tan poco ético pero que hacen la vista gorda o se van, para no hacer la vista de ningún modo.

Las series inglesas, en cambio, son mucho más creíbles. Los buenos suelen ser feos o a lo sumo, normales. Y los malos no tienen por que ser horribles. Y si bien los profesionales torturan con frecuencia en las británicas comisarías, los que casi siempre se hacen cargo de la tarea sucia son los miembros del MI5. Es decir, el estado mismo, organizado y autorizado.

Y ya que está, sería bueno incluir en el listado de torturas a los bofetones, promesas o simulacros de fusilamiento y otras prácticas que no suelen poner en contacto físico o, a lo sumo, no más que levemente, al torturador con el torturado. Siempre pensé que la forma en que se califica el daño físico y psíquico a una persona no depende de los grandes números sino de la particular subjetividad de la víctima. Estoy seguro de que la promesa de un bofetón en el clima adecuado puede determinar el futuro de la psique de alguno mientras otros pueden recibir palazos que rompen los huesos y no verse demasiado afectados. En cualquier caso el torturador no sabe cuánto daño hace en el otro y creo que tampoco le importa. O sí, en sentido de hacer el mayor daño posible. Al fin de cuentas si no fuera un sádico no haría ese trabajo. De esta clase de torturas limpias, las mujeres suelen saber mucho.

Soy, por principio, enemigo de la censura. Pero creo que un buen cartelito, como se hace en el horario de protección al menor, o con los cigarrillos, que diga: Torturar está mal y hace mal a la salud individual y social, no estaría de más antes de cada serie o película policial o de guerra Al fin de cuentas un poco de higiene en el prime time televisivo no puede hacer tanto mal como la justificación, por las razón que fuera, de la tortura.

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